Las Tradwives –o en español «esposas tradicionales»– se trata de un movimiento en Estados Unidos que busca revivir el modelo social de los años cincuenta. A través de las redes sociales, esta corriente intenta viralizar un estilo de vida basado en roles tradicionales, donde el hombre es el principal proveedor económico mientras la mujer se dedica a las labores domésticas y a la crianza de los hijos.
¿Por qué o para qué ser una esposa tradicional? ¿Es un ideal, una construcción social o ambos? Antes que nada, quiero aclarar que esta columna no busca moralizar, sino pensar y cuestionar las implicaciones de sostener estos ideales, muchos de los cuales son impuestos a través de la publicidad, la mercadotecnia y las redes sociales sin detenernos a reflexionar si responden aldeseo singular de cada persona.
El «sueño americano» supone tener estabilidad económica, comprar una casa, formar una familia, tener un coche y consumir, aunque esto implique endeudarse de por vida. Con esto quiero puntualizar algo: el consumismo está estrechamente ligado a los ideales de cada sociedad. En los años cincuenta veíamos anuncios que promovían los valores de la familia tradicional como sinónimo de prosperidad y progreso a través del tener. La familia ideal mostraba al padre proveedor y a la madre ama de casa junto a sus numerosos hijos; ése era el modelo de éxito a seguir en la época. Se promovía la idea de que mediante el consumo se alcanzaba la felicidad.
Claro que hoy la forma de vender ideales ha cambiado, pues estos se transforman según la época. Sin embargo, el objetivo sigue siendo el mismo: tener para ser. Hoy no sólo consumimos redes sociales, sino que éstas se han convertido en la principal herramienta publicitaria para vender un estilo de vida mediante la imagen: mostrar que se tiene para sostener que se es.
Regresando a las tradwives, el fenómeno se ha hecho viral en plataformas como Instagram, donde diversas mujeres promueven el ser una esposa tradicional presentando su estilo de vida como algo aspiracional. Esta estética funciona como un velo sobre el control que ejerce la imposición de cómo «debería ser» una mujer, lo cual no es más que la perpetuación de ideales patriarcales y coloniales. En este sentido, nos encontramos ante un ideal al que no todos tienen acceso, quieren o pueden aspirar; entonces, ¿no les parece que este tipo de discursos resultan, en todo caso, excluyentes?
Seamos realistas: ¿cuántas mujeres y cuántos hombres, al menos en México, pueden sostener un modelo así? Insisto: con esto no quiero decir que esté mal casarse o tener hijos, sino invitar a observar qué hay detrás de ideales como el de la tradwife aunado al «sueño americano». Se trata de un esquema que hoy resulta insostenible para la mayoría de la población. Como mencioné en mi columna «Las mujeres que solventan económicamente», la economía actual no da para que exista un solo proveedor. Les pregunto entonces: ¿este movimiento está pensado sólo para unos cuantos? ¿Qué intentan proponersus principales exponentes?, ¿excluir aún más?
En su texto «Género y colonialidad», Rita Segato menciona que «existen nuevas formas de ensañarse con los cuerpos femeninos y feminizados, un ensañamiento que se difunde y se expande sin contención» (2011). Pero ¿por qué habría un ensañamiento con los cuerpos femeninos? Me parece que el objetivo de estas narrativas, hoy promovidas bajo la estética aspiracional de ciertas influencers, es sostener un patriarcado colonial estrechamente vinculado a la extrema derecha, donde los valores tradicionales, la familia nuclear y cierto concepto de progreso son los pilares de una «buena sociedad».
Dicho ensañamiento se puede observar a partir de esquemas que surgieron tras la colonización y que dieron lugar a lo que Segato denomina «colonialidad»:una estructura de poder que se instauró a pesar del fin del colonialismo formal y que sigue arraigada en las sociedades occidentales y capitalistas a través de distintas jerarquías, entre ellas la de género. Esta colonialidad borra constantemente las diferencias, unifica y produce ideales totalizantes que gobiernan los cuerpos de las mujeres, dictando cómo debe ser una mujer, una madre o una esposa. Para Segato, la categorización de género colocó a las mujeres en una posición de inferioridad mediante jerarquías que favorecen a la masculinidad y al hombre blanco.
Para concluir, me parece que podemos reconocer esa colonialidad en movimientos como las tradwives, los cuales buscan borrar la diversidad, unificar y gobernar los cuerpos de las mujeres e incluso también de los hijos. Todo para promover posturas como el «voto por hogar», tal como lo refirió recientemente un militante panista. Pensar que el «voto por hogar» es una opción viable implica quitarle la palabra al otro, privarle de la posibilidad de decidir. Aunque se forme parte de una familia, lo fundamental tendría que ser dar lugar a la singularidad de cada uno, y no seguir infantilizándonos bajo la lógica patriarcal donde es el patriarca el que decide por todos.
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