¿Qué relación existe entre la geopolítica actual y nuestra psique? ¿Cómo nos afectan los caprichos de un presidente estadounidense que busca hacer lo que se le dé la gana sólo por ser potencia mundial y tener los medios para conseguirlo?
Creer que lo que sucede hoy alrededor del mundo no nos nos afecta “porque está lejos” es una ilusión y al mismo tiempo produce un ideal, como si uno fuera un individuo aislado del contexto social y cultural, resultado nocivo del capitalismo que nos convierte en individuos ensimismados que rompen lazos con la colectividad. Un ejemplo de esto son las guerras mundiales, cuyos efectos nos siguen impactando. O, por ejemplo, que estemos a nada de otro genocidio, como lo que ocurre en Gaza y Darfur.
Con el acceso a la tecnología y la rapidez con la que se nos bombardea de información, esos discursos se van reproduciendo a gran velocidad, tanto que hoy escuchamos a un sector amplio de mexicanos pedir una intervención en nuestro país al costo que sea, sin pensar en las consecuencias económicas, sociales y emocionales de ello –sin dejar a un lado lo violento de la acción– e identificándose con líderes que buscan la supremacía a nivel mundial.
Pensemos por un momento que la palabra supremacía proviene de supremus que significa “el más alto”, “el que está por encima de todos”. Como he recalcado en otras columnas, somos a partir del otro, por lo que identificarse con un líder supremacista hace que sus discursos de odio y discriminatorios se reproduzcan en la cotidianidad de cada uno. Su proceder justifica que “está bien estar por encima del otro”, sin importar qué o a quién se tenga que “sacrificar” por el “bien común“, lo que lleva a esta clase de individuos a ir más allá de la ley.
Hay un cuento de Ursula K. Le Guin titulado “Quienes se marchan de Omelas” que trata de una ciudad llamada Omelas donde la felicidad, la prósperidad y la perfección reinan sosteniéndose por la miseria y el maltrato de un niño que está encerrado en un cuarto pidiendo y suplicando salir de allí. Sin embrago los habitantes saben que si lo liberan, esa perfección y felicidad que viven se caería al momento de que ese niño viera la luz dejando de ser maltratado y abandonado. En la ciudad hay gente que decide irse por no poder soportar vivir con tal felicidad y perfección a costa del maltrato del niño, mientras que otros se quedan aún sabiendo el costo: que uno sufra pero que los demás vivan en prosperidad y felicidad.
Traigo a colación este pequeño pero potente cuento de K. Le Guin tratando de encontrar un parangón con lo que ocurre actualmente, ya que hacer lazo con el otro implicaría poder escuchar a aquellos que durante años, por cuestiones históricas, políticas y sociales, han sido excluidos y silenciados por el “bien común” de otros, teniendo repercusiones cuyas resonancias se escuchan en la clínica, tanto en quien ejerce un discurso que busca silenciar y matar como en quien lo sufre.
Actualmente, el vínculo con los otros se encuentra muy fracturado, pues me parece asombroso escuchar a gente decir que es “necesario” hacer la guerra a países vulnerables por un “bien común”, lo que hace preguntarme si realmente es necesario sacrificar a unos para que otros vivan en un supuesto paraíso. Y, en todo caso, ¿a quién favorecería ese supuesto bien común? Parece que hoy es más importante que las grandes empresas se reproduzcan, buscando expandir el negocio encima de millones de muertos, enterrando cuerpos, siendo así los cimientos y el territorio del comercio y los negocios.
Me gusta pensar el psicoanálisis como una resistencia ante estos discursos hegemónicos, donde se tiene que funcionar para el capital, un capital dirigido por mandatarios que van más allá de la ley, que atemorizan por un “bien común” y presumen la billetera de poderes corporativos dejando a un lado al ser hablante en sí y su historia, haciendo que éste se quede en un lugar de plusvalía; de una mercancía que genera valor para otro; de un desecho que puede sacrificarse por no estar alineado con sus ideales, sin pensar que todas las vidas valen y merecen ser vividas.
Con esto quiero destacar la relación entre lo económico y los sujetos, donde estos han pasado a ser mercancías de intercambio por su valor de producción, arrebatándoles la libertad a plena luz del día en manos de “autoridades“ que supuestamente son quienes deberían ejercer la ley, pero no una ley basada en el terror, haciendo ver que “está bien quitar del camino a quien estorba” .
Hoy hay una necesidad de categorizar a las personas, dejando de lado su singularidad, la diferencia, la cultura, pero sobre todo la dignidad, buscando que el otro sea sacrificado, ultrajado para un “bien económico”. Quienes así lo consideran no se han preguntado si eso podría tener efectos en nosotros reproduciendo el famoso bullying en las escuelas, reproduciendo la agresividad que se ve en las calles porque “uno se siente superior al otro” por lo que es o lo que posee. Así que si Estados Unidos es nuestro vecino, ¿cómo pensar que esas violencias no van a afectarnos?
Pensemos lo político desde su lugar, planteando que hacer política es en esencia hacer lazo con el otro, mantener una relación con el otro desde la diferencia. Como bien sabemos la palabra política proviene del vocablo griego polis que significa “ciudad”, es decir, de los ciudadanos. Me pregunto: ¿cuáles y cómo son las relaciones entre los ciudadanos actualmente?
Hoy, para algunos es “necesaria” la guerra, lo que haría que a otros les toque ser víctimas por el simple hecho de no encajar en un molde de supremacía y “blanquitud”. Sí, a la izquierda se afloja, mientras que a la derecha se aprieta, lo que hace que unos sostengan a otros bajo el maltrato, la muerte, el despojo, la violencia y la exterminación como el niño que vivía olvidado, maltratado y encerrado soportando el ideal de la ciudad de Omelas. ¿Será que estamos empezando a presenciar ese “ideal de ciudad”?
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— PAULO YOLATL (@pauloyolatl) January 25, 2026
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