Hace unos días platicaba con un colega y amigo muy querido acerca de la situación actual en los Estados Unidos y el mundo. Llegamos a la conclusión de que el escenario es más grave de lo que parece. Él me decía que estábamos presenciando el fin del mundo: el fin del mundo que conocemos. Y me parece que tiene razón, ya que la polis no será la misma de ahora en adelante; el lazo social se ha fracturado cada vez más por narrativas de líderes como Donald Trump, quienes buscan la división para obtener el control absoluto con tal de satisfacer sus propias necesidades y su deseo de poder.
El psicoanálisis me ha enseñado que no es posible todo (¡afortunadamente!); insisto mucho en esto, lo sé, pero es importante no olvidarlo, ya que aspirar al todo tiene sus efectos. Esta vez hablaré sobre un efecto que se está produciendo gracias a líderes como Trump, cuya supremacía ha sacado provecho al ser potencia mundial mediante actitudes que someten a muchos, como lo que ocurrió con el terrorífico caso de los archivos de Epstein.
Hoy el cinismo es la cara de la ultraderecha contemporánea, pensando que ese cinismo es una amenaza de lo que se avecina. El cinismo en su máxima expresión, la burla y la desfachatez como arma de poder. Pero ¿cómo es que el cinismo, la burla y la desfachatez son un arma de poder? La palabra desfachatez viene del verbo desfachatar, significando originalmente “quitar la cara”, “perder el rostro”, “actuar sin vergüenza”, alguien que no siente la necesidad de esconder su verdadera cara, algo que Donald Trump sabe hacer, y muy bien, utilizándolo a su favor. Su desfachatez ha logrado que hoy el cinismo sea la bandera de la ultraderecha, buscando que la gente y lideres de otros países se identifique con él, para reproducir ese ideal supremacista que deje a la oposición sin la oportunidad de descubrirlos, porque ante tanto cinismo no hay nada que descubrir.
El cinismo se está posicionando como una nueva forma de ser, ya que “no importa” si es un pedófilo –según las acusaciones en su contra–, mientras se tenga las posibilidades económicas, podrá ser el presidente de un país que es potencia mundial, aunque se evidencie que es un criminal. Quien actúa con cinismo está posibilitando que no se tenga que evidenciar a aquel que comete actos que son inhumanos, sino al contrario: para los cínicos “está bien” ser descarado, pensando que descarado es quien cruza el límite con sus acciones y que no necesita de una cara o una máscara para esconder su maldad, ocultando de paso su vulnerabilidad, burlándose y ofendiendo públicamente, pues al tener el poder, el dinero y los medios, él lo sabe, no pasará nada.
Imagino que a partir de ahora, así serán los nuevos líderes políticos de la derecha radical. Si un líder es quien guía a su grupo, hoy esta clase de líderes están guiando a sus votantes hacia el cinismo, pues no esconden su as bajo la manga sino que lo muestran, como lo vemos con el presidente de los Estados Unidos: el cínico en su máxima expresión, que amenaza y se burla, que busca dividir cada vez más a la ciudadanía. Trump, dicho sea de paso, ha negado cínicamente su implicación en los archivos de Epstein, aun con fotografías y evidencias de su involucramiento.
Por eso me pregunto: ¿qué hacer ante el cinismo de estos líderes? Evidenciarlos ya no es una opción, porque aunque se haga, a ellos no les importa, he ahí lo preocupante. Pareciera que frente a ese cinismo no hay ley o autoridad que opere. Quizá nuestra época sea reflejo de este tipo de poder político y económico, y sea momento de replantear la vergüenza, como dique, como límite frente al cinismo.
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— PAULO YOLATL (@pauloyolatl) February 8, 2026

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